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domingo, 28 de mayo de 2017

Boca es un puntero cada vez más confundido y enfrenta un recta final sin saber a qué juega

Empató 1-1 ante Huracán en Parque Patricios, con un penal en el descuento; Benedetto abrió el marcador y Romero Gamarra igualó

Huracán-Boca

 No hay peor rival para un equipo de fútbol que la confusión. Se puede jugar mejor o peor, las individualidades pueden brillar o decepcionar, pero nada resulta más indispensable que tener un norte, que no perder la brújula. Y esto va más allá de los resultados que se logren obtener. Tiene que ver con el juego, con lo que se ofrece cada semana y queda impregnado en la memoria colectiva una vez que pasa el tiempo y sedimentan las pasiones.




Boca , que terminó igualando 1-1 con Huracán por un penal muy discutible en la última jugada del partido, pudo anoche ganar a partir del error de un adversario y del oportunismo y la capacidad de definición de Darío Benedetto, pero nada hubiera cambiado los conceptos. Porque los árboles no deberían tapar los bosques y evitar que se vea que lo importante pasa por otro lado. La realidad, la que se aprecia fecha tras fecha, es que el puntero del campeonato aparece cada día más confundido, un equipo que afronta el sprint final del certamen sin que se aprecien signos claros de lo que pretende plasmar en la cancha.

"Hay que juzgar lo hecho en 25 partidos, no se puede hablar de partidos sueltos", dijo Guillermo Barros Schelotto en la previa del choque contra Huracán. El juicio no deja bien parado a los Mellizos, porque nunca llegó a saberse con certeza cuál era la intención de su Boca, ni en la "era Tevez" ni en la posterior. Si apostaban por un conjunto de vía directa para la velocidad de los más rápidos o por otro que progrese elaborando las acciones y al ritmo de los más sabios. Si el juego lo debe conducir alguien con la característica de Gago o Bentancur, o en el eje debe mandar un jugador del estilo Barrios o Cubas. Si los laterales deben ser ofensivos o defensivos. Y así casi en cada línea del equipo.

Es cierto que la indefinición no le impidió a Boca sostener el primer puesto durante largos meses, mientras las circunstancias empujaron a favor, pero cuando las cosas se plantean de este modo los problemas surgen en cuanto el viento empieza a soplar de frente. Es el momento en que se hace imprescindible saber hacia dónde ir y cómo hacerlo, en que se necesitan las seguridades de las que hoy Boca carece.

La derrota en el superclásico no hizo más que agudizar las dudas y ni siquiera la victoria contra Newell's de siete días atrás alcanzó para reencauzar el camino. Casi lo contrario. Porque abrió un debate imprevisto en la mitad de la cancha, y su resolución terminó de desfigurar la fisonomía del equipo.

Barrios o Gago como número 5 era la discusión y Guillermo dijo "ni". Armó un galimatías incomprensible, en el que ambos se situaron en la misma línea cuando la pelota era del rival, y uno giraba en torno al otro al recuperarla, para ejercer alternativamente como primera puntada en la salida. El resultado lastró durante los 90 minutos el juego xeneize. Porque ambos se encimaron (incluso llegaron a chocarse en algún momento), mientras Pablo Pérez buscaba desesperadamente un lugar donde ubicarse, Jara deambulaba por los costados y Pavón y Benedetto quedaban desasistidos.

  Demasiados pelotazos

Tejer una jugada más o menos trenzada con semejante panorama era lo más parecido a una quimera. El "armado" dejó amplios espacios vacíos, nunca hubo fluidez en los avances y Tobio o Gago se vieron obligados a buscar los pases largos como únicas vías de ataque. Demasiado pobre para el favorito al título, demasiado simple para contrarrestar. La conclusión fue que Marcos Díaz vivió una de sus noches más relajadas de los últimos tiempos.

Tuvo fortuna Boca en tener enfrente a un adversario con pegada de algodón. Huracán se encontró con un partido mucho más sencillo de lo imaginado. Le bastaron la fuerza y ubicación de Fritzler y el despliegue de Pussetto y Romero Gamarra por afuera para dominar el medio campo y adueñarse de la pelota durante muchos minutos sin pasar mayores agobios.

Le faltó punch al Globo, tal como le viene ocurriendo desde hace tiempo, y para evitar la derrota necesitó de una avivada de Montenegro, cierta ingenuidad de Rossi y una decisión apurada del árbitro cuando el partido se moría.

No merecía perder Huracán, tanto como no merecía ganar Boca. Porque entre el control ineficaz de uno y la desubicación generalizada del otro fabricaron un partido demasiado chato como para que alguno se llevara un botín de tres puntos. Claro que mientras que al local el empate lo dejó con una sonrisa, al puntero le agrandó una confusión que crece con cada partido.

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